Cansado del paisaje desértico, de caminar solo, arrastrando los pies, raspándolos entre las gravillas calientes, ramas secas y uno que otro insecto miró al cielo, tan opaco y quieto como el suelo rojizo que tenía debajo, y recordó que aun faltaba mucho más camino por andar, entrecerró el ojo derecho, se limpió la tierra de los labios y siguió. Tres horas y algunos momentos después el cansancio tomó posesión de su cuerpo y sólo le quedó como remedio tirarse en la sombra más cercana y dormir o dormitar cuando menos. Al abrir los ojos de nuevo, volvió a ver el cielo que ahora hacía combinación perfecta con el suelo y el cadáver casi putrefacto que yacía a si izquierda con el tiro de gracia y el vientre tasajeado.
Espantado y desesperado buscó su arma a su alrededor, entre sus pendas y sobre la roca balaceada. La tomó de la cacha firme y decididamente apuntando a todos lados, maldiciendo en medio de la nada. Soltó tres tiros, uno a cada lado y otro hacia atrás del camino. Y siguió andando con la misma dirección y rapidez, porque era el máximo que su cuerpo le permitía. Ahora fue la noche quien le impidió seguir su camino, pero él seguro de que alguien se seguía con algún propósito incierto se adentró en una pequeña caverna y dejó una trampa a la entrada de la cueva sólo para notar cuando ese alguien se acercara no más de lo que él calculaba prudente para poder reaccionar y defenderse en caso de ser necesario. Se recostó de nuevo para dormir, seguro al menos que esta noche notaría cuando alguien se acercara, fuera para bien o para mal. Al entrar la presencia destellante y sigilosa del sol por las hendiduras de sus párpados cubiertos de lagañas y arcilla notó sorprendido que la trampa estaba desarmada, que había algo de alimento a su lado, las brazas aun estaban calientes y habían usado su pistola para cazar el conejo que estaba a medio comer. Asustado salió de su refugio inútil y corrió con la pistola en una mano y su cuchillo en la otra, buscando al acompañante molesto e inoportuno que le asechaba. Pero igual que la vez pasada no logró más que un tremendo cansancio y tuvo que buscar algo de agua para calmar la sed. Una media hora adelante vio un pequeño poblado tímido al lado de un riachuelo.
Llegó a la primera casa del lugar y preguntó si alguien aparte de él había pasado por ahí. El anciano no le respondió, para contestar eso tenía que haber un pago previo. Él buscó entré sus cosas y le dio un viejo reloj de oro a cambio de la respuesta, algo de comida y hospedaje seguro. La respuesta fue un "no", de comida un par de tunas frescas, una pieza de carne de algún animal de la región y vaso de agua, para dormir estaba un cuarto vacío desde hacía ya varios años. Por la noche, ya harto de todas las molestias y de la incertidumbre se encerró en el cuarto donde pasaría la noche, vio de reojo el reloj que había pagado inútilmente por la respuesta y un par de monedas sobre una débil mesa de madera. Mientras se desvestía pensó en salir corriendo del lugar con el reloj y el dinero en la mano, algo fácil para un ladrón y asesino prófugo con su experiencia. Pero prefirió seguir disimulando bondad e inocencia para pasar una noche segura. Ya faltaba poco para llegar a su destino, era mejor dejar eso para luego y sólo asegurarse de ahora si matar al molesto acompañante, después se encargaría del anciano para recuperar sus cosa y un poco más. Porque ese era su negocio. Dejó su cuchillo en el marco de la puerta con la punta hacia abajo y la pistola apuntando a donde estaría el pecho de quien abriera la puerta, así serían dos ataques certeros y letales que matarían al primero que abriera la puerta. Se acostó en la cama y cerró los ojos aun con la idea de hurtar el reloj y las monedas.
Por la noche un estallido matizó el sonido de los grillos, el anciano asustado se despertó y se acercó con una vela insignificante que apenas dejaba ver entre las penumbras del peligro inminente de la noche. Caminó con sigilo y precaución al cuarto de su huésped, parado justo en la puerta volteó su mirada a la mesa enclenque de madera donde había dejado sus cosas y esta estaba vacía, no estaba el reloj ni las monedas, sólo estaba recostado justo a sus pies el cadáver rojo del inquilino con un cuchillo clavado en la cabeza, un tiro en el pecho y las monedas en la mano.

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