Entró él al salón, vestido de negro, de pies a cabeza, guardando el luto veraniego, de aquel Agosto que helado, frio y sin esperanza, lleno de sufrimiento, aquel mes que acabó con años en un segundo, que mató a su amada mujer por la imprudencia vacacional. Limpió la última lágrima, acomodó por última vez el saco que aún le abrazaba el dolor y arrastró por última vez su zapato izquierdo al tiempo que respiraba para dar el último suspiro. De nuevo iniciaba el semestre y los alumnos estaban ávidos de conocer a su nuevo profesor, el mejor de la materia, experto, aclamado por sus colegas y venerado por la institución. El hombre intachable, el gran héroe no podía mostrarse derrotado. Entonces dio el paso que marcó la diferencia, con el pie derecho y persignándose como todos los semestres pasados. Tomó asiento y pasó lista para ubicar a sus nuevos pupilos. De la A a la Z Alcántara, Arteaga, Baz, Benítez, Domínguez, Fernández, Gallardo, García, García, Hermosillo, Hernández, Iturbide, Loera, López, Martí, Muñoz, Nuño, Núñez, Ortega… así por semanas, pasó la lista su único grupo, el séptimo viernes la U fue diferente Uribe, no era cualquier Uribe. Ni siquiera la misma Uribe de aquella mañana triste de inicio de semestre. Ella ya destacaba de entre las demás letras de Abecedario, era ella la nueva mejor alumna, la nueva mejor portada, pero también la nueva juventud y alegría, la jovencita que preguntaba extra clase y pasaba horas a su lado, aquella que no sólo estaba por conocimiento sino por compañerismo, amistad y cariño. Alegre, sonriente y siempre inspirada. Ilógicamente soltera y sin compromisos para ser la mujer de veintitantos años que él hubiese deseado hacía ya cuarenta y treinta y cinco o cuarenta. El tiempo se había equivocado y había sido impuntual, por poco menos insignificante medio siglo. El divino residente celeste olvidó mandarla a tiempo o se retardó por uno de sus estornudos, o simplemente lo dejó para luego y lo compensó tres y media décadas después. Pero las cosas tenían arreglo, ya había tenido un paliativo que concluyó justo antes de que conociera a la belleza de Uribe, Angélica Uribe Barajas, número diecinueve de la lista y primera de la tercera fila. Este viernes reiniciaba el reloj en sus los veintitantos, con la cómoda ventaja que da el dinero propio y la experiencia senil. Ella llegaría al carro vestida de manera elegante pero casual a la vez, lo sufriente para resaltar por demás su belleza, pero no tanto, pues debía parecer ocasional, justo como él lo había hecho durante casi todo el semestre, luciendo zapatos boleados todos los días, pantalones y camisas sin arruga alguna y saco, abrigo o chamara limpios al día, con su sutil pero sensible olor a loción de marca con tema juvenil. La cita, la primera de muchas, de futuros encuentros enmascarados de azar. Primera comida que precedía, tranquilas comidas suntuosas alejadas del saber universitario, donde ella parecía ser mayor y el menor, donde las edades se promediaban en los cuarenta o cincuenta, donde los demás los imaginaban como abuelo y nieta. Una relación que él veía prometedora y duradera, iluminada por el brillo de los ojos joviales que Uribe presumía hasta sin desear, que tenían como lienzos las blancas sonrisas enmarcadas con marialuisas color carmín, bañada por los negros cabellos que acariciaban a veces los tirantes transparentes del sostén que deseaba arrancar cuando lo hacía a escondidas con la mirada, para descubrir una escultura que años atrás no sentía y que había perdido sin saber.
Entonces fue el día, es décimo primer viernes del semestre cuando la invitaría a salir de verdad, sin máscaras de amistad o sentimientos casi paternales, confesaría el verdadero fin de sus cenas, asesorías y consejos personales, para añadir a las ideas de amistad el toque de amor y sazonar los encuentros con el sabor de los besos, las caricias y demás acciones entre enamorados. Idea loca para un hombre de su edad, que circunda los sesenta, que espera sólo su jubilación. Idea loca cuando se trata de una joven que ni siquiera trabajo tiene, que aún asiste a fiestas de fines de semana y llega tarde a casa, pero no lo era con ella. Era muy diferente, ella era un tanto más madura, más tranquila, más adulta, pero igual de alegre y activa que cualquiera de su edad. Era quien inyectaba vida a su vida, la que compensaba el tiempo perdido y le regresaba el cronómetro a ceros. Ya eran demasiadas las ocasiones de fortuna fingida y de intereses mal mencionados y hechos mal entendidos. Él se acercó a la mejor de sus alumnas, se sentó con ella en las escaleras y comenzó a platicar como siempre para sellare con un abrazo, una hasta al rato y un beso en la mejilla la cita con la verdad. El celular sonó hora y media después para cancelar el evento y posponerlo para el miércoles de la semana siguiente, algo entendible pues era cumpleaños de Alcántara, el mejor de sus amigos y posible pretendiente de Uribe. Aparte de todo, los celos no estaban preparados para salir a escena, aún les faltaba algo de maquillaje. Y practicar bien sus líneas.
Miércoles, once cuarenta y cinco de la mañana, día soleado pero con viento, nada fuera de lo común. Terminó la tercera clase de Uribe y sale del salón acompañada de todo su grupo de amistades o cuando menos compañeros, sólo faltaba una hora y algunos minutos para salir a comer por última vez con la farsa escondida tras el pretexto de profesor benevolente cuando ella seguía sobre el pasillo y lo pasó de largo aun platicando su mejor amiga amino a los jardines que se escondían tras la fuente que adornaba el hasta bandera. Ellas dos caminaban riendo, platicando y jugueteando, acompañadas por la mirada cansada del erudito esperanzado. Doblaron a la izquierda, burlando el camino más coherente y común para ir directo a la simple y llana soledad, que les esperaba bajo la sobra que los eucaliptos ermitaños, quienes las recibieron con sus raíces someras que fungían como almohadas en ocasiones y que en este caso también lo hacían como escondite, que cubrían sin querer el frágil rose del amor incomprendido, oculto y sincero que existía entre las dos. Mismo escondite que no fue suficiente para la mirada cansada del maestro que arrastró nuevamente los zapatos y sacó nuevamente su lágrima de luto, pues hoy moría alguien más importante que su esposa, su hijo, quien sea. Hoy de nuevo estaba de luto porque hoy moría su esperanza.

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