jueves, 24 de diciembre de 2009

Recuerdo de Estocolmo

Recuerdo la primera vez que tú y yo nos vimos. Cuando con mirada arrogante y despectiva me evitaste, cerraste con indiferencia la mirada y continuaste con tu andar. Y es que la verdad en ese entonces yo te odié, nuestros sentimientos fueron mutuos y cordialmente recibidos.
Pero poco a poco nos fuimos conociendo, compartiendo coincidencias y emociones, poco a poco nos hicimos amigos sin querer. Con el tiempo, después de aquel trabajo, cuando entre sábanas de un cuarto obscuro y perverso limpiaba tus lágrimas de frustración con mi pañuelo, callaba tus gemidos de tristeza con palabras de aliento, enjuagaba la amargura del momento con caricias mustias y susurros de profeta farsante. Tímida y delicadamente comencé a recorrer tu escultura dorada, pasando mis dedos por tus mejillas, por tus labios, por tu cuello, por tus brazos, tu cintura. Y tú con gesto recíproco me imitaste para sellar todo con unos besos millonarios que dieron a nuestro sentimiento libertad de acción fuera de las cuatro paredes cómplices de la bondad y la maldad.
¿Qué hubiera sido de mí sin ti? ¿Qué hubiera sido de ti sin mí? ¿Qué hubiera sido de los dos de no haberte secuestrado?

No hay comentarios:

Publicar un comentario