jueves, 13 de mayo de 2010

La grandiosa amistad

Paula tenía la mirada perfecta, ella lo sabía y la presumía con su sonrisa coqueta y desinhibida, esa que por los últimos meses le había mostrado a Flavio, esa sonrisa con la que lo sedujo y cómodamente lo llevó a su lado. Y lo acompañaba campaneando por los pasillos, como siempre, dejando una estela de miradas libidinosas o de rencor a las que Flavio temía y se evitaba confrontar por miedo a enfrentamientos verbales o peor aún, físicos.
 Flavio por otro lado no era más que un personaje cualquiera, tímido, reservado y sin nada más que ofrecer que sus sentimientos sinceros y francos. No era el hombre bien parecido ni mucho menos el gran seductor. Sólo era aquel afortunado que logró tener una relación con la mujer más deseada de la generación.
Y es que en realidad fue Carlos, el mejor amigo de Flavio, quien se imaginó primero acariciando con sus manos los senos perfectamente redondos, jalando a Paula desde la espalda baja, perfectamente curveada, pegando el vientre esbelto y terso con fuerza a su entre pierna, oliendo el cabello de jojoba y sobre todo poseedor de la mirada perfecta. Y también quien estúpidamente los presentó. Pues pensaba que entre semejante pelmazo como Flavio y su amada Paula no habría peligro para él.
Mientras Flavio y Paula salían a los parques de la cuidad, los centros comerciales y a los cines Carlos no hacía más que tolerar su dolorosa y decepcionante derrota ante la amistad. Incluso se llagó a conformar con el acostumbrado raid que le daba a Paula en ocasiones para ver a Flavio cuando salían juntos. Entonces podía ocupar el tiempo para reírse junto con ella y disfrutar el vapor de lo que hubiera sido su victoria.
Un día los tres salieron a acampar por un fin de semana junto con una acompañante que bien podría hacer competencia con Paula. En el viaje las cosas fueron de total provecho para Carlos, pues Flavio parecía haber mordido el anzuelo que sin saber se había puesto. Las cosas entre la pareja no funcionaron de todo bien e incluso se tornaron ásperas.
Ya en la noche, cuando las cosas perecían estar en calma  y la relación había recuperado algo de estabilidad la amiga de Carlos decidió salir por algo de leña, pues quería una fogata típica, con cantos, guitarra, pláticas profundas, chistes, unos buenos cigarrillos y alcohol. Flavio tomó la decisión de acompañarla mientras que Carlos se terminaba de bañar y Paula despertaba. Entonces salieron Flavio y Martha por la leña.
Carlos salió sólo con la toalla encima, mojado y tiritando por el frio. Tomó sus cosas y regresó al baño para cambiarse solo y no en frente de la dormida Paula. Cuando estaba cerrando la puerta algo la atascó, y cuando se fijó no era más que el cuerpo de Paula.
-¿Por qué no te cambias en el cuarto? Ahí estoy yo. –Calló por tres segundos- Tal vez te pueda ayudar en algo, ¿No crees? No me digas que prefieres a esa pendeja que a mí, se que lo haces para darme celos.
Carlos sólo intentó hablar sin tartamudear, pero las manos de Paula fueron más hábiles que él. Para cuando se dio cuenta sus caras estaban frente a frente, separados por los dos milímetros que la amistad y los pasos de Carlos agrandaron a más de un metro.
Ella tomó la mano velluda y la puso en su pecho, tomó la otra y la colocó en el comprometedor y tentador espacio entre la nalga y la cadera. Sonreía con la misma perversión que la hacía morderse el labio, y se pegó con deseo a él. Carlos la aventó, cerró la puerta y se quedó dentro del baño hasta que escuchó las otras dos voces que faltaban en la cabaña.
Comenzó la fogata y no se mencionó nada sobre el tema. Flavio y Paula de un lado, y del otro Martha y Carlos. En medio las pláticas, las risas, las salchichas, los bombones y el fuego.
Paula entró a la cabaña por una botella más y Carlos la acompañó para ayudarle con una bolsa de hielos. Paula tomó la botella y Carlos dejó lo hilos al lado para tomar el vientre, le dio un beso en el cuello y ella le contestó con un grito de auxilio y desesperación.
Flavio empuñando la varilla metálica donde cocía los bombones entró al cuartó y de tajo, sin pensarlo por un solo instante hizo lo mismo con Carlos que con los bombones. Lo dejó travesado en la varilla y listo para asarse a fugo lento sobre las brazas rojas.

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