Esa última canción que escuché en la radio, como todas las anteriores, me hizo pensar en ti. Y como no hacerlo si aún te extraño, todo por culpa de mi supuesta hombría estúpida que nunca dejaré. Sólo pensé en nada y salí a la penumbra del asfalto empapado. Y caminando poco a poco fui recorriendo el pueblo. A lo lejos, en la esquina donde nos conocimos, vi dos sombras que jugueteaban y se mezclaban mientras el faro mustiamente hacía las veces de alcahuete escondiendo las caricias densas pero fluidas. Justo como lo hacíamos nosotros hace menos de un año.
Notaron como poco a poco me acercaba hacia ellos, con la mirada fija en sus acciones. Las sombras dejaron de moverse, simulando un lienzo salpicado con colores obscuros y figuras revueltas. Me detuve, y dejé que se alejaran en anonimato. Tal y cual lo hicimos nosotros aquella vez. Si me concentro un poco aún siento como tu mano trémula oprimía con miedo seductor mi brazo para apresurar el paso, justo como parecía que ocurrían las cosas doscientos metros delante de mí.
Doblaron en la esquina del bar que nunca quisiste visitar, y como tú aquella vez, ella tropezó cuando el empedrado de la calle se enamoró del tacón izquierdo. Él como todo buen caballero la sostuvo y evitó que se desplomara.
Al sentir mi cercanía latente y mustia pero perseverante se frenó. Posó su cuerpo lánguido como escudo ente ella y yo. Su voz se hizo escuchar desde el suelo y vibró por dentro de mí, haciendo cosquillas en mis plumones. Y de una vez soltó un golpe para protegerla. Yo sin afán de atacarle únicamente me defendí y lo aventé hacia atrás. Su tropiezo le dejó en el suelo, casi indefenso. Sin más que hacer que usar una de las más bajas artimañas. Metió la mano detrás de su cadera y con la otra se puso en pie. Dio un paso atrás y después dejó salir con el grito de la pólvora tan caliente como su coraje que no hizo más que alertarme y activar en mí el arco reflejo de solar un tiro hacia él.
Después sólo noté como despacio y en silencio, como aquella noche que nunca olvidaré, un vestido se teñía de roja imprudencia irracional que había despertado la situación de incertidumbre. Y él, al igual que yo aquella noche corría hacia ti… hacia ella, con lágrimas volvía a sacar el golpe de plomo que me dejó tirado en la calle, frente a esos ojos que como los tuyos se cerraban tan serenos con la briza que escurría por las mejillas y ambos cerramos los ojos. Mientras él huía del lugar, para seguramente, en menos de un año seguir recordando esta situación y escuchar sin parar canciones que hablen del amor que alguna vez tuvo y que seguramente lo sacarán de su hogar una noche húmeda para buscar el amor en esa esquina maldita donde alguna vez lo dejó.

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