viernes, 2 de julio de 2010

La inocencia de Edipo

No recuerdo exactamente qué edad tenía en ese entonces, pero aún creía en los reyes magos, Santa Claus y el ratón de los dientes. Yo era inocente pero rudo, en mayor parte era temido, el más temido de la generación en la primaria. En gran parte era gracias a que mi papá era mayor del ejército nacional. Yo estaba acostumbrado a balas, pistolas y rifles sobre la cama o la mesa por la mañana. Las medallas, escudos, espadas y cualquier instrumento bélico era motivo de la decoración casera.

                Desde pequeño mi padre me enseñó a jalar el gatillo y a ser atinado en cada uno de los disparos, poco a poco fui entrenando, aumentando el calibre y la certeza de mis tiros. Por las tardes al llegar de la escuela tomaba el uniforme de mi papá y me lo ponía con orgullo y gran imaginación. No tomaba ninguna de las armas, eso estaba prohibido. Sólo podían estar en mis manos cuando mi papá o “Mayor Aguirre”, como le gustaba que le dijera, me estuviera enseñando y en el caso extremo en que tuviera que defender a la familia. Como hijo mayor esta era mi responsabilidad cuando él no estuviera. Tenía que cuidar a mi mamá, Carlitos y Mariana a costa de lo que fuera.

                Mi padre era duro, regio como todo buen soldado. No expresaba sus sentimientos, pero yo sabía que me amaba porque de vez en cuando se le olvidaba apagar el brillo de sus ojos. En cambio mi madre era todo lo contrario, en ocasiones me empalagaba tanto abrazo y apapacho. En ocasiones me avergonzaba, y más cuando lo hacía frente a mis amigos. Se suponía que era el rudo e imponente de la escuela. Pero eso ella no lo entendía.

                Mi padre recurrentemente acudía a misiones y salía de la casa por mucho tiempo, al menos mes y medio. Entonces yo era el hombre de la casa y tenía que actuar como tal. Siempre tomaba el revólver que estaba en la alacena y lo llevaba a mi cama. Dormitaba por la preocupación, el pendiente, la responsabilidad y el frio de la pistola bajo la almohada.
                Uno de esos días en él salió de la casa y me dijo en secreto que sería uno de los viajes largos, por lo menos dos o tres meses. Pero que no tenía por qué preocuparme, ya era un experto tirador, en las últimas prácticas había atinado al blanco cada uno de mis tiros. Estaba orgulloso de mí. Seguramente sería un gran soldado. Recto, firme y decidido. Con la misma determinación que caracterizaba a los hombres metió su arma en la funda y partió con la maleta en la mano izquierda y su gorro verde bajo el brazo. Se subió al carro y nos metimos a la casa. De nuevo era el hombre de la casa por al menos dos o tres meses.

                Pasó el primer mes y no había novedades, Carlitos y mi mamá se quedaban en la casa mientras Mariana y yo estábamos en la escuela. De cuando en cuando, para no sentir sola la casa invitaba a algunos amigos a comer, al fin en casa siempre se hacía comida para cinco.

                Dos semanas después invité a Pablo a dormir. Era mi cumpleaños y no quería pasarlo solo. Él era mi mejor amigo y había quedado con mamá para salir a comer a mi restaurante favorito. Cuando llegué a casa Pablo y yo nos quitamos el uniforme y nos pusimos ropa para la comida. Justo antes de salir sonó el teléfono. Era papá, había llamado para felicitarme y me había prometido una gran sorpresa. Que seguramente yo no imaginaba ni siquiera que podía ser.

                Acabó la comida y regresamos a casa. Al doblar la esquina noté algo raro, había un carro que no era común frente a la casa. Todo el día y la tarde me la pasé observándolo, dejé de lado a Pablo. Él se llevaba muy bien con Mariana y con mariachi, mi perro. Llegó la noche y el carro seguía ahí frente a la casa sin moverse. Llamé para denunciarlo, pero debían haber pasado más de cuarenta y ocho horas para que fuera algo sospechoso. A parte, ¿quién le hace caso a un niño cuando llama para una emergencia? Y más aún si hay ruidos y risas de fondo.

                Mamá me regañó y me obligo a ir a la cama. Me acosté con la oreja pegada a la almohada fría y la cara mirando al espejo. Las maderas del suelo comenzaron a crujir y yo nervioso salí a ver quién estaba fuera de los cuartos. Veía como el reloj parpadeaba al compás de mis latidos y poco a poco mi corazón tomaba iniciativa aumentando el ritmo. Los ruidos cada vez me llamaban más atención.

                Sonó un motor fuera de mi casa, corrí a la ventana y vi como el auto sospechoso se alejaba. Entonces pude dormir un poco. Pero hora y media después justo a la mitrad de la madrugada el carro regresó. Al mirar a través del vidrio ya no vi a nadie dentro del auto ni a su alrededor. Fui a mi cama y tomé a bartola que descansaba bajo mi almohada. Ella era mi amiga y protectora. Esperé y de nuevo oí el crujir de la madera, me asomé y no vi a nadie. Sólo era mi imaginación. Bartola y yo regresamos junto a Pablo.

                Por alguna razón no podía dormir, seguramente eran los nervios de lo que me imaginaba. Media hora después el reloj y mi corazón volvían a tocar la sinfonía de suspenso y los gritos de mamá me confirmaban que había alguien en la casa. Bartola y yo nos acercamos con cautela a la puerta de su cuarto. La cacha estaba sudada cambié la pistola de mano y me sequé el sudor de la mano derecha. Para tener un buen disparo hay que tener las manos secas. Aguanté por unos segundos la respiración y me tranquilicé. El disparó debía ser certero si posibilidad de falla. Los gritos de mamá, cada vez más fuertes y recurrentes reflejaban dolor.

                Me asomé al cuarto obscuro y sólo alcancé a ver por entre las sombras algunas siluetas y reflejos que tímidamente me daban reporte de situación. Él estaba justo sobre ella, la sujetaba del pecho y la aprisionaba entre sus piernas. Mi madre estaba desesperada, se movía demasiado, pero no lograba zafarse. Entonces mientras él acercaba su mano a la boca de mi madre para amordazarla yo jalé del gatillo. Bartola escupió un poco de muerte fría directo a la cabeza. Mi madre soltó un grito de desesperación y llanto entremezclados.

                Entre llantos de mi madre, de Mariana y Carlitos encendí la luz. Mi madre desnuda se quitó el cuerpo sudado y ensangrentado de encima. Miró con tristeza a su hijo que había colocado con un una bala precisa y contundente la última medalla en el uniforme de gala del Mayor Aguirre. Unas gotas de sangre eran el símbolo que glorificaba la docencia perfecta en tiro.

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