Yace allí, dentro de su estuche negro, bajando tranquilamente en el elevador. Abandonándonos. Don Horacio… como le gustaba que le llamaran, era una persona sencilla, amable, entregada con pasión a su vida, a su familia, a sus hijos, a sus hermanos, sus hermanas y a su amada esposa, Sofía, a quien conoció tres años antes de estar en el altar, a la que fue enamorando en medio de algunos cuantos amores, aventuras y desamores, invitándola con sutil indiferencia apasionada a cada uno de los momentos que él creaba para ella y para nadie más, porque ella era la única mujer a la que él deseaba. Las demás… sólo juegos y fríos desahogos de pasión carnal y ocasional. Le juró amarla por siempre, hasta el día de su muerte y ella también lo juró.
Ahora ella se encuentra recargada en el brazo de Fernando, hermano y mejor amigo de Horacio. Compañero de mil y un batallas desérticas. Quien ahora al parecer luchará solo contra las adversidades que aún le aquejan. Quien cierra los ojos y cuenta con lágrimas prisioneras las historias de infancia, juventud y adultez que compartieron a lo largo de aproximadamente sesenta años. Con sonrisas elocuentes afianza los sentimientos de apego, cariño y amistad para evitar la voz lastimera.
Mira con detenimiento y cariño a Sofía. Recuerda como Horacio se quedó hace ya mucho tiempo con ella, cuando los dos competían de la manera más limpia posible. De vez en cuando eso se olvidaba y justificaban las acciones con el famoso dicho: “En la guerra y en el amor…” Al final Horacio se quedó con ella, demostró en una acción decisiva ser el hombre amoroso y bien deseado, al menos según el juicio de los ojos y el corazón de Sofía. Dejando todo fuera de su vida con tal de estar junto a ella.
Sentada en el sillón de la esquina, don las manos cubriendo el rostro, contó misma la historia épica acerca de cómo Horacio dejó su empleo, las oportunidades de grandes e importantes estudios en su entonces admirada URSS y todas las aventuras que entonces tenía sólo por qué ella se casara con él, para no perderla y pasar juntos toda una vida. Cómo le envió la carta desde el extranjero donde le avisaba de su decisión y su abandono absoluto a de una vida perfecta a cambio de su amor. Entonces ella rompió en llanto.
Fernando la tomó del brazo y contó la verdadera historia… Quien escribió la carta fue él y no Horacio, esas lágrimas que firmaban un “Te amo” eran sinceras, no como las de Horacio. Que al leer la carta y ver perdida la batalla envió la carta sin nombre de autor, sólo agregando la fecha de regreso a la ciudad. Para que Sofía lo encontrara a él en vez de Fernando. Y quedarse así con ella en la última de las jugadas sucias de los hermanos, la más sucia pero victoriosa.
Confesó con profundo arrepentimiento haber condenado la verdad a cadena perpetua entre el corazón y la garganta. Siempre y cuando ella estuviera contenta. Siempre y cuando él la hiciera feliz y la respetara. Él soportaría tal humillación y tristeza, pero sería su fiel guardián, como los caballeros del medievo. Eternos amantes de la reina.
Ese fue el error de Horacio… no amarla y respetarla le costó la vida. Y ahora sería turno de Fernando, porque: “Más vale tarde que nunca” y “En la guerra y el amor todo se vale”.
Horacio ha muerto, Fernando vuelve a vivir y Sofía… ella sólo sigue directo al fin.

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