viernes, 6 de agosto de 2010

Manual de funeral

Yace allí, dentro de su estuche negro, bajando tranquilamente en el elevador. Abandonándonos. Don Horacio… como le gustaba que le llamaran, era una persona sencilla, amable, entregada con pasión a su vida, a su familia, a sus hijos, a sus hermanos, sus hermanas y a su amada esposa, Sofía, a quien conoció tres años antes de estar en el altar,  a la que fue enamorando en medio de algunos cuantos amores, aventuras y desamores, invitándola con sutil indiferencia apasionada a cada uno de los momentos que él creaba para ella y para nadie más, porque ella era la única mujer a la que él deseaba. Las demás… sólo juegos y fríos desahogos de pasión carnal y ocasional. Le juró amarla por siempre, hasta el día de su muerte y ella también lo juró.
                Ahora ella se encuentra recargada en el brazo de Fernando, hermano y mejor amigo de Horacio. Compañero de mil y un batallas desérticas. Quien ahora al parecer luchará solo contra las adversidades que aún le aquejan. Quien cierra los ojos y cuenta con lágrimas prisioneras las historias de infancia, juventud y adultez que compartieron a lo largo de aproximadamente sesenta años. Con sonrisas elocuentes afianza los sentimientos de apego, cariño y amistad para evitar la voz lastimera.
                Mira con detenimiento y cariño a Sofía. Recuerda como Horacio se quedó hace ya mucho tiempo con ella, cuando los dos competían de la manera más limpia posible. De vez en cuando eso se olvidaba y justificaban las acciones con el famoso dicho: “En la guerra y en el amor…” Al final Horacio se quedó con ella, demostró en una acción decisiva ser el hombre amoroso y bien deseado, al menos según el juicio de los ojos y el corazón de Sofía. Dejando todo fuera de su vida con tal de estar junto a ella.
                Sentada en el sillón de la esquina, don las manos cubriendo el rostro, contó misma la historia épica acerca de cómo Horacio dejó su empleo, las oportunidades de grandes e importantes estudios en su entonces admirada URSS y todas las aventuras que entonces tenía sólo por qué ella se casara con él, para no perderla y pasar juntos toda una vida. Cómo le envió la carta desde el extranjero donde le avisaba de su decisión y su abandono absoluto a de una vida perfecta a cambio de su amor. Entonces ella rompió en llanto.
                Fernando la tomó del brazo y contó la verdadera historia… Quien escribió la carta fue él y no Horacio, esas lágrimas que firmaban un “Te amo” eran sinceras, no como las de Horacio. Que al leer la carta y ver perdida la batalla envió la carta sin nombre de autor, sólo agregando la fecha de regreso a la ciudad. Para que Sofía lo encontrara a él en vez de Fernando. Y quedarse así con ella en la última de las jugadas sucias de los hermanos, la más sucia pero victoriosa.
                Confesó con profundo arrepentimiento haber condenado la verdad a cadena perpetua entre el corazón y la garganta. Siempre y cuando ella estuviera contenta. Siempre y cuando él la hiciera feliz y la respetara. Él soportaría tal humillación y tristeza, pero sería su fiel guardián, como los caballeros del medievo. Eternos amantes de la reina.
                Ese fue el error de Horacio… no amarla y respetarla le costó la vida. Y ahora sería turno de Fernando, porque: “Más vale tarde que nunca” y “En la guerra y el amor todo se vale”.
                Horacio ha muerto, Fernando vuelve a vivir y Sofía… ella sólo sigue directo al fin.

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