Domingo a las 6, adornado por nubes derramadas por la sangre del sol que gritaba luces destellantes y ensordecía miradas, pastizales amarillos, las bocinas principiaban a cantar y fue cuando te vi. Eras tú dorada color divino, como los dioses del Olimpo, sólo que tú eras mejor, de carácter virginal, ojos que contenían verdes campos cubiertos de brisas matinales, rocíos de bondad y destellos de grandeza. Bañados por los rubios rayos de sol que encerraba tu cabello, con olor a seducción, pasión, amor, cariño o yo que se… sólo me atrapó y me hizo mirar tu rostro angelical, deseado por millones, decirte, …hola… de la manera más tímida e introvertida que podía suceder. Todo el discurso ensayado por horas mentales se perdió con el aire que lanzó tu mirada. Tú me contestaste con otro hola que exigía respuesta, mi respuesta fue nuevamente…hola… y ahora una sonrisa enervó de tus labios, ojos y mejillas. ¿Cómo te llamas?, preguntaste, Rodrigo, respondí. Fuiste sacando un caudal creciente de palabras de mi boca, te convertiste en fuente abundante de conversaciones sin fin, todo un prodigio del arte elocuente, oradora perfecta y mejor conversadora. En cuestión de minutos parecías conocerme a la perfección, y mejor aún, congeniábamos al cien, nos complementábamos. Debía agradecer a los cielos, los infiernos, los dioses y todos entes divinos existentes, estaba “la mujer de mi sueños” junto a mí. Los caminos de las palabras seguían creciendo a temas diversos, temprano se hizo tarde, tú sola y sin chofer que te regresara a casa, y yo con mi bocho a punto de la descompostura, con faros tuertos y asientos con heridas y cicatrices de mil batallas propias y ajenas al dueño actual. Avergonzado y sin querer ofrecí esas cuatro llantas a tu servicio, con destino a tu hogar. Aceptaste el aventón y subiste al viejo tuerto, tomaste asiento con cuidado, pero nunca haciendo gestos de humillación o desprecio… Aparte de todo fuiste humilde, ¡lotería! De pronto el camino se tornó rojo apasionado, con destellos de gozo, es volente viró a la primer estancia de amor y algunos pesos de tu bolsa pagaron la concusión de varas escenas bravías, tiernas y otras rutinarias. Reflejadas en espejos perversos y custodiadas por una puerta mustia. De nuevo las telas regresaron a su lugar de origen absorbiendo aromas de satisfacción, que con unos minutos en el tocador se perdió junto con el peinado de pasión. Giraste tu mirada hacia mí, de abajo hasta arriba y de regreso, con la misma sonrisa que consiguió mi saludo, en realidad no se si eso era bueno o malo, sólo sé que sucedió. Siguieron esas palabras que sólo tú conseguías, verdades siempre, a veces presunciones, pero verdades al fin. Tomaste el contenedor de belleza, metiste el rubor, la sombra y el cepillo. Esperaste a que yo decidiera salir de las cobijas y terminara de arreglarme, que regresara al estado de horas antes. De nuevo al carro y ahora si a tu hogar. Más de lo que pensé, a decir verdad, mucho más. Me sentí mal por un instante… pero ya habías estado conmigo y eso era bueno. Salí para abrir tu puerta, pero te adelantaste, sólo alcancé a cerrarla. Ahora fue un …adiós… pues no sabía que más decir, gracias sería tal vez iluso, hasta luego, premeditado, te veo luego, peor aún, te quiero, ni se diga, …me la pasé muy bien fue lo idóneo, al menos en mi mente, pero tu ter adelantaste, siempre un paso delante de mí. Entonces contesté: Yo igual. Giraste hacia la puerta mientras yo esperaba algo más. Pero sólo otorgaste el contorno de tu figura, misma que había tenido frente a mí, que tomé y nunca dejaré, que se estampó en mis párpados, a la cual recurro en noches de insomnio, aquella de nunca volví a tener. Aquella que me recuerda que te perdí porque nunca te tuve.
Gracias a Laura Zavala por la Imagen.


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