Cansado de las paredes blancas, del cuarto con poca luz que se escurre desde la pequeña ventana en la esquina opuesta a la puerta, las noches oscuras por culpa de aquel foco con tic nervioso, de fríos nocturnos entre sábanas sucias, estaba cansado de estar encerrado, cansado de no hacer nada, porque él quiere hacer de todo, de todo sin dejar nada. Ideas que compartía con Pablo, su viejo camarada, compañero de mil locuras y fiel amigo desde la infancia.
Como siempre llegó el enfermero, llevando la comida de todos los días, para sacarlo al baño de las diez de la mañana, para a cambiar la camisa blanca y amarrar las mangas en la espalda de Roberto. Para volver a encerrarlo en el cuarto blanco, donde debería estar solo, pero sólo quedaba junto a Pablo, el que entraba y salía a placer, el que recorría los pasillos sin hacer ruido, sin llamar la atención, sin platicar con nadie pero escuchando a todos y regresaba dentro del cuarto sin abrir la puerta, el que vivía sin haber nacido. Ese día Pablo llego con la nueva idea, la de ser libres sin decirle a nadie, de tomar las paredes como puertas a la realidad, como puertas a la vida de los demás.
El plan era el siguiente: Cuando sonara la tercera campanada de la madrugada, Pablo desamarraría las mangas, después Roberto rompería la ventana de la esquina, no, mejor gritaría al enfermero, y él entraría para brindar ayuda, Pablo y Roberto lo golpearían hasta dejarlo en la inconsciencia, saldrían corriendo del cuarto blanco, dejando atrás al foco nervioso y la ventana deprimente. Recorrerían todo el pasillo hasta llegar a una puerta de metal, fría como la noche que les esperaría, Pablo desde el pasillo de al lado llamaría la atención del guardia, entonces Roberto saldría sin presiones. Ya en el jardín descuidado, correrían sin parar, buscando dejar en segundo lugar a los perros de seguridad, los pies descalzos, acariciarían rápidamente el pasto, el polvo y las piedras hasta topar con la pared, la puerta a la realidad de los demás. Roberto se dejaría ayudar por Pablo para alcanzar su libertad, ya que después Pablo le siguiera los pasos cuadras adelante.
Afuera del edificio, ya detrás de las paredes prepotentes lo primero era conseguir dinero, algo de comida y un buen lugar para estar, respecto a lo del dinero, con sólo un poco de valor y ayuda del primer cobarde citadino se hicieron de una cartera, o mejor de cinco o seis, de las que fuera necesario. Entrada entonces la noche, irían a comer ricos tacos de muerte lenta. Para dormir un hotel barato sería lujoso, justo lo necesario. Roberto fue entonces directo por las llaves del cuarto quince, abrió la puerta a la inmundicia, decorada por un tocador polvoso y una cama desatendida. Mientras el imaginario Pablo inspeccionaba el baño, refugio maloliente de cucarachas y hongos caseros. El lugar era ruin, tal y como se deseaba, recostados ambos en la cama se dejaron navegar hasta el fin de sus desvelos, no sin que antes Roberto se tomara su pastilla de la noche, y dejándola pasar miró hacia los lados para apreciar solo y gustosamente las paredes blancas, el cuarto con poca luz que se escurría desde la pequeña ventana en la esquina opuesta a la puerta, en la noche oscura por culpa de aquel foco con tic nervioso, con frío nocturno entre sábanas sucias.


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