sábado, 23 de enero de 2010

Contradicción

Aquí inicia la historia: Él y yo éramos amigos desde la infancia, sus padres nos trataban muy bien, lo querían mucho, siempre fue el niño rico de la cuadra que no escondía sus juguetes, generoso y atento, buen amigo, el mejor de todos los que había tenido. Inteligente, y se dejaba copiar en los exámenes. Con las niñas tuvo éxito y en ocasiones llegó a ser quien presentara algunos de mis amores ficticios o aventuras pasajeras. Toda su vida fue de ensueño. Gran persona y siempre bajo el apoyo de sus papás, quienes lo amaban y consentía en demasía por ser hijo único y por demás esperado. Pero el sueño se tornó lúgubre cuando encontraron una pequeña trampa, una pequeña piedrita en el camino, algo que les haría cambiar de ruta, que les llevaría directo unos estuches de madera finamente tallada y bañada por las lágrimas de su hijo. Día en el que perdió sentido su vida, su existencia, las mujeres, y su mayor sueño, la pintura.
Ya estaba yo cansado de recibir la misma llamada de auxilio de los vecinos, de ir continuamente a su hogar, de ver siempre los mimos pasillos de concreto entre algunas hierbas que según la imaginación eran pasto, cursar de nuevo la puerta a la casa semivacía para saludar otra vez el foco deprimido que me recordaba sin miramientos el lugar en donde estaba, buscar refugio o inspiración en las paredes amarillas y sucias, embarradas de olvido y tristeza, investigar si aún existía al menos un poco de esperanza en aquel refrigerador desconectado o en la estufa decorada por cochambre antaño, y de sentarme, como siempre, desde hacía ya varios meses en la alfombra pegajosa o en los cartones polvosos, de gritar, susurrar o decir simplemente algunas palabras de aliento, satisfacción o enojo para que fuera recapacitado. E incluso, en ocasiones tener que colarme entre las ventanas y forzar las puertas. Porque nunca me dejaba comenzar lo que siempre había deseado hacer porque esto ya tomaba cada vez más tiempo, más ideas y pensamientos cada vez más profundos, meditados y fundamentados, sólo para pedir de favor siguiera con su vergonzosa vida, para que siguiera en pleitos y riñas sin sentido, en la inmundicia de la existencia que tenía. Y si había suerte lograba disuadirlo de que las cosas podrían ser mejores, sólo era cuestión de que él así lo deseara y que en verdad hiciera un esfuerzo por tener lo que había perdido y mucho más. Hasta hubo momentos en que salía de la casa feliz por haberle convencido de no cortarse las venas o de no colgarse del techo de las escaleras, asfixiarse con el gas o ingerir tantas pastillas. Feliz de verlo con la  mirada distinta y el rostro convencido y pleno, tranquilo pero firme en seguir adelante. Yo sabía que él podía ser mejor, que podía ser más de lo que él mismo prospectaba, incluso hasta ser mejor que yo. A veces pensar que se hizo el bien convence a la felicidad sea o no cierto.
La misma historia se repetía una y otra y otra vez, era un círculo vicioso, o un espiral de complicaciones, por más que pareciera satisfactoria y definitiva mi acción, por más retórica y filosofía introdujera a mis sermones, por más verdades y memorias reclamara en aquellos momentos siempre continuaba sobre el mismo sendero de finales inciertos.
                El lunes siguiente todo parecía ser definitivo, ya había pasado poco más de lo común y nada de llamadas necesitadas, tiempo libre para salir con mi pareja, y después, haría aquello que siempre había deseado hacer. Salimos al cine, y tranquilo todo hasta aquel momento, el celular parecía comprender mi momento y no pedía mi atención. En la comida ni siquiera los cubiertos, las pláticas ajenas, la televisión, la comida misma, el edificio o el mesero lograron hacer que me distrajera de la plática, de las risas y carcajadas, de las caricias, susurros y cursilerías empalagosas que en aquel momento disfrutaba, todo ese tiempo fluía con la misma dulzura y aburrida velocidad que la miel o la mermelada. Nuevamente me relejaba en sus sublimes y desafiantes ojos de paciencia inocente. Y concluimos la noche de con pasión reflejada en espejos por algunos pesos muy bien invertidos, contorneando su figura a contraluz, recorriendo sus carreteras con mis miradas, compartiendo la saliva y el sabor a la cena mexicana sazonada con cebolla, acariciando sus cabellos de deseo, maximizando sus pupilas al compás de las palabras, tensando los músculos para exprimir hasta la última de las emociones, concluyendo relajados en cálidas mareas de las cobijas. Una noche perfecta de pareja y más aún sin saber nada más de él.
                Al día siguiente de nuevo continuó todo sin más noticias sobre él, llegué a mi casa y las agujas generosas del reloj me regalaban poco más de una hora con respecto a lo planeado, pero a la preocupación sólo le tomó segundo hospedase en mis ideas,  y recordarme que tengo un amigo con ideal suicida, con intentos fallidos. Tomé el teléfono y marqué directo a su casa, algo verdaderamente estúpido. Sabía que tenía meses sin pagar la línea. Así que tomé de nuevo el carro y haciendo uso de mi hora de excedencia tomé la ruta que debía haber recorrido la llamada de teléfono. Ya era de madrugada y había gastado quince minutos de mi hora obsequiada, toqué la puerta por cinco minutos y terminé con un grito a su ventana, en vista de que nadie se asomaba, me aventuré por la ventana amiga que ya sabía qué hacer, cuantos grados girar para dejarme pasar, aventé la puerta destruida por antiguas acciones y lo hallé al lado del reflejo que al parecer pintaba una botella, cubierto por las sombras que esculpían las cortinas, entre la penumbra, inmóvil, sobre la cama, aún vestido y descobijado, escurrido por el borde arrugado que resguardaba su almohada. Me armé de valor, pues al parecer había pasado aquello que había evitado hasta el fastidio, con energía y la garganta inmutada, le di un golpe para ver si mis ideas eran falsas. Como queriendo destruir las emociones del momento, buscando la negativa a lo que mis ojos y mi mente opinaban. Afortunadamente el impacto sólo causó su enojo por despertarle, un sermón de media hora que entonces él me dio sobre su entendimiento y convicción sobre la vida y alegría por poder hacer lo que siempre había soñado, ya estaba convencido detener el talento para ser pintor, que sabía por fin que ya no se trata más de llantos y decepciones,  que podía ahora expresarse mejor con los pinceles y me mostró algo que en su inicio parecía ser bueno. Eso me calmó y lo mejor de todo… No se había terminado la hora extra en mi itinerario. Salí de su casa con una sonrisa como la que tenía en su puntura, a la cual había dedicado al parecer más de un día sin dormir. Incluso el ambiente era alegre, había mucha luz de sol, calor veraniego, y cantos de aves, y lo mejor de todo aún me quedaba tiempo para lo que tanto había querido hacer.
                Llegué al carro, me recosté sobre el asiento, tomé un cigarro y lo fumé, disfrutando como mis ideas y alegría del momento se subían hacia el cielo agarradas del humo de tabaco, mi respiración era tranquila, plácida, satisfecha… Recuperaba al amigo que hacía algunos años había perdido, aquel día era perfecto, justo para hacer aquello que siempre pensé hacer, después de que el cigarro terminó, miré la guantera, imaginé los segundos o minutos por venir y me decidí. Ahora me dispongo a sacar la pistola y terminar el día con el refrescante frío de una bala en mi cabeza. 

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