domingo, 21 de febrero de 2010

Globo desinflado

Ahí está Gaby, así la llamaré porque en realidad no conozco su nombre, sólo por darla alguno y no tratarla con indiferencia como a todas las niñas como ella. Bueno, el punto es que ahí está acostada junto al semáforo como todas las mañana que la veo brincando, jugando o como ahora sólo aburrida o dormida, sin nada que hacer. Parece que nada más quiere ser alguien diferente. A veces trato de entrar en su cabeza, intento ser ella la niña de entre seis y ocho años que pide a veces dinero o que juega en el camellón, corriendo, riendo, gritando y manchándose (todavía más de lo que está) la ropa con el lodo, porque al fin, su ropa no es nueva, está llena de puntadas y hoyos deshilachados. Tan sucia como su carita, su cabello, como todo su cuerpo y tal vez hasta la conciencia o tal vez tanto como la mía.
Gaby es… creo que es una niña muy linda, se ve tan inocente y tan triste, con esos ojos cafés que se maquilla con tierra y polvo de la ciudad, que inspiran ternura por compasión, que sacan casi siempre dos pesos de mi bolsa y una sonrisa de mi cara. Qué decir de su cabello esas greñitas sucias, color café opaco, cubiertas de tierra, tiesas y descuidadas. De sus manitas que sostienen el vaso de plástico amarillo o sólo reciben las monedas que le doy por sufrimiento. Su boquita embarrada de baba con tierra y comida, que a veces todavía guarda migajas del bolillo duro de la mañana o sigue correada de coca cola. Sus cachetes marcados con rayas negras de sudor y mugre que se embarró cuando se “limpiaba” la humedad. Gaby siempre con su ropa remendada de pies a cabeza, o mejor dicho de pies a hombros, esos hombros flacos por falta de comida y ejercicio, esos hombros que no alcanzan a llenar el suéter tejido con estambres rojos y cafés, su barriga inflada y lombricienta, llena de parásitos y a veces comida barata o regalada, sus piernitas embarradas y salpicadas por los carros que pasan por los charcos de agua y aceite quemado, cubiertas por una faldita verde a cuadros, parte de un uniforme que lógicamente ella nunca utilizó para entrar a la escuela. Y sus piecitos que salen por los agujeros de los zapatos negros como queriendo turistear o estar al tanto de lo que ocurre acá arriba. Me imagino a veces que ella, mientras está acostada, imagina su futuro, como cualquier niño o niña a su edad, creo que se imagina bonita, limpia, con zapatos rojos y lujos, algunos lujos que para mí son algo de diario.
 Yo mientras tanto, soy un anciano de sesenta y dos años. Manejo mi carro negro reluciente con adornos cromados, faros de alta potencia y de un motor con montón de caballos de fuerza que nunca he usado completamente. Trabajo, si eso es en realidad trabajo, en mi oficina, con asiento de piel y escritorio de caoba. Si no tengo ganas de hacer algo simplemente cancelo citas y salgo a comer a alguno de los restaurantes de Masaryk, solamente me pongo a escribir babosadas como esta, por el puro gusto de hacer algo diferente. MI trabajo es tan fácil y bien remunerado que a veces me desespera. A veces necesito algo de emoción, algo de sabor en la vida. Así como ella a veces me imagino ser alguien más, alguien diferente, o me imagino cómo sería mi vida de no haber tomado la decisión de matar a Antonio. Tal vez él estaría sentado en esta silla y yo… no sé donde estaría. Qué buena fue esa decisión. Al fin y al cabo él se terminó lleno al paraíso, con su coca helada, comida chatarra y sabrosa, mujeres bellas y promiscuas por montones, su lugar apartado a la orilla de una playa de arena fina y blanca, con vista al océano color turquesa y final azul profundo, gozando de la brisa de las olas y un masaje sensual por manos extranjeras. Fue una decisión equitativa, de esa manera ahora los dos tenemos los mismos beneficios, sin quitar privilegios al otro, valla que fue un buen amigo. Nada más a un genio como él se le podía haber ocurrido asegurar la empresa y a un genio como yo matarlo, cobrar el seguro y después hacerme socio de la competencia. No tengo remordimiento, su familia está bien, viven como él vivió, y hacen esfuerzos para no ahogarse por la crisis, pero a siempre logran sobrellevarla.
Mi esposa, la refunfuñona y celosa de Carmen, como dicen, “es poco el amor y ella desperdiciándolo en celos”, no sé porque se enoja, si haga lo que haga yo voy a terminar engañándola con una jovencita veinteañera. Acepto que ella era una mujer, pero eso hace ya al menos treinta y cinco o cuarenta años, en esos tiempos ella si se movía bien y era agradable besarla y tenerla junto a mí, También era inteligente y astuta, tejió la red de mentiras perfecta para que no agarrara la policía cuando maté a Toño. Lo que hizo por amor no tiene precio, bueno si, sólo una vida perfectamente estable con viento en popa si hablamos de dinero. Ahora no es más que una chillona chantajista que no hace más que intimidarme con contar a la policía lo que pasó con Toño, pero siempre se calla cuando la amenazo con llevarla conmigo, directo a la cárcel, como pareja perfecta que somos.
Y regresando a lo que pasa con Gaby. No sé esa niña tiene un algo que me llama la atención, tal vez sea como la hija que nunca tuve, o como una nieta. Es tan bonita, tiene un ángel que de verdad me enternece. También creo a veces que me ve como su abuelo que le da su domingo cada que la ve. Siempre que se dirige al carro, ya sabe que le voy a dar sus dos pesos, aunque a veces le doy más de eso, me acuerdo que un día le di un billete de veinte pesos, a parte no lo merece.
-Qué bueno que no le di el de cien, eso me sacó de un apuro con la policía de tránsito. Bendita ciudad corrupta, aquí es fácil ser el rey. Nada más se necesita tener billetes en la bolsa, unas cuantas amenazas, carácter gruñón y saber intimidar.
Pero las cosas son diferentes con Gaby, con ella soy un viejito bueno, como los esos que a veces me imagino en los asilos, con sus bastones y comiendo sopita calientita, platicando con niños exploradores o jugando ajedrez. Algo así sería Toño.
Bueno ya dejaré de pensar en estupideces, Mejor sigo con Gaby: Seguramente hoy en la noche cuando se vaya a dormir soñará en ser la mujer de tacón rojo y falda pegada, con su carro propio, casa en algún lugar cualquiera, siempre y cuando tenga sus cuatro paredes y su puerta de madera, su cocina, una cama para seguir durmiendo, su espejo para arreglarse, maquillarse, verse bonita con sus cabellos color dorado artificial, sus brillitos en los párpados y en el pecho, sus uñas combinando con su ropa y con figuritas bien pintadas, sus labios carmesí, húmedos y cremosos, sus dientes limpios y bancos, artificiales, manejando por Masaryk, bajándose arrogante frente a cualquier restaurante para tratar asuntos de negocios. Porque ella no será cualquier mujer bonita, o al menos eso imagina. Trabajando sólo de diez y media u once a las seis de la mañana y con suerte hasta menos tiempo o siempre bajo previa cita, sólo es cosa de conseguir buenos clientes y que sean frecuentes, la fidelidad es lo de menos.
Esa Gaby… como la quiero a la condenada chamaca. En la última semana ya no he pensado en muchas más cosas que en ella que bien se sentiría tenerla en la casa, darle de comer y algo de educación, caminando en el pasillo entre mi cuarto y el baño, o bajar y verla desayunando sola en la mesa un plato de cereal o pan y leche. A veces pienso en decirle que se suba al carro y llevarla a darse un baño, que le arreglen ese cabello y le quiten los piojos y pulgas que seguro tiene, después comprarle ropa y zapatos para que tire esas porquerías que usa. Meterla una buena escuela y verla en el cuadro de honor, con su promedio perfecto, sus amigas y amigos ñoños o desmadrosos, esos  es lo de menos, pero tendría más amigos y de mejor posición económica. Saldría a comer a buenos restaurantes, jugaría y se divertiría en six flags cada ocho días, saldría ya más grande con algún chamaco que le daría una vida digna, llena de lujos de veras y no las estupideces que imagina.
Pero bueno no soy nadie para prohibirle que haga sus sueños realidad, mejor hay que fomentar sus sueños, ayudarla a ser la mejor de todas, que sea una de esas que marquen vidas, que marquen noches y cuellos con placer infinito, que sea una experta en lo que quiere hacer, le seguiré dando sus dos pesos diarios, ya después, le pagaré un poco más. Le daré algunos billetes por un rato a ella en vez de esta que ahora está a mi lado. Me tengo que ir preparando, sólo faltan unos cuantos  años para que le enseñe a trabajar, a ser bonita y a usar sus tacones rojos. Le voy a enseñar a mi manera, que sea perfecta y sólo para mí, en un inicio, ya después no me va a importar, ya sabrá cosas mejores. Ya se irá manejando sola hasta su casa para dormir en su cama soñando en haber sido una niña feliz, desayunando cereal o pan con leche, estudiando, estando en el cuadro de honor. 

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