domingo, 7 de febrero de 2010

Vacaciones celestes.

Ahora es en terapia intensiva, son las doce y cuarto de la madrugada, y no es aquella bella pero espeluznante silueta. Ahora es como ayer y hace rato es la escultura de estilo clásico, presumiblemente de bronce con figura de mino tauro con los brazos cruzados y magnos cuernos. Pero aunque tenga cuernos no me da miedo al contrario me agrada, no me parece diabólico, es alto y continúa saliendo, choca con el techo y hace un circulo en el mismo, se abre una ventana que muestra una fiel imagen de la Tierra, me adentro en la imagen y siento que, de pronto estoy parado en un paraíso terrenal que conozco como Mazatlán, gente en traje de baño, multitudes, todos felices y yo platicando. Yo sentado con mis amigos pero no cosco, una de las chavas que está en la mesa se para y se aleja, sube las escaleras que se encuentran a mi izquierda y se tropieza, en segundos varias personas están a su alrededor, todas ayudándola. Gente muy amable y atenta sin duda alguna, y noto la belleza y sencillez del lugar, pisos de piedra y pequeños muros que delimitan los pasillos, como era en la preparatoria, el mismo concepto arquitectónico pero aquí con un toque tropical y sublime. Tomo de mi vaso y es delicioso, la mejor bebida de mi vida, es un jugo delicioso, y sin alcohol.
Después de un cómodo y ameno rato de plática me levanto de la mesa y me dispongo a conocer el lugar, veo en los pasillos a un profesor de la universidad conversando y riendo con jóvenes. Yo sigo mi marcha de reconocimiento, vaya, un peñasco en el que chocan las olas, un vista celestial desde aquí, que mar tan hermoso, tranquilo pero con carácter. Impacta pero no atemoriza,  tan lejano y a la vez cercano, las rocas del peñasco en un tomo amarillo natural combinando a la perfección con el azul profundo del mar y dotando de la melodiosa espuma que crea acústica con las paredes encontradas del peñasco, melodías naturales que relajan, encuentro una amiga y bajo con ella cerca de la espuma atreves de una escalinata de madera y lazo, todo es tan natural que parece no serlo. Bajamos el último escalón y tocamos la pista de baile, es el mejor lugar que he visto, desde aquí se oye mejor chocar de las olas acompañado de música, al igual que arriba la vista es magna y absorbe todos los sentidos. Otro buen rato para socializar, bailamos, platicamos y reímos, subo las escaleras que aunque largas y continuas no cansan, miro el cielo y es azul, no gris como en la ciudad, las nubes son blancas y no como blancas, el viento refresca y no enferma, el sol calienta y no quema, la gente tiene apariencia sana por primara vez, no hay persona alguna con figura demacrada, todos tiene sonrisas, todos están en movimiento y no hay alguien viento el problema en el vacío.
Un instante después y sobre mi está el tirol blanco, detrás de mí la virgen de Guadalupe, a mi izquierda un vacio y a mi derecha el mueble blanco de medicinas, donde la enfermera de cuerpo regordete y cabello al estilo militar está parada. No es de día, sino de noche, el reloj marca las dos de la mañana con treinta minutos aproximadamente. Recuerdo la imagen de la Tierra que estaba en el techo y noto que en realidad no era la Tierra, el lugar donde estuve no es Mazatlán, la gente con la que estuve no es ni siquiera conocida, cierro los ojos para recuperar el sueño y me es imposible. Después de varios intentos me doy cuenta que el reloj marca las dos y media de la mañana y mi padre sigue sin llegar.

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